La llegada de la modernidad en el siglo XIX trajo consigo cambios evidentes. No solo los paisajes, los métodos de producción o el rol de las máquinas se transforman, sino también las maneras en las que las personas se relacionan entre sí y con un entorno cuyo caos y rapidez les resulta novedosos. El crecimiento de la urbe imposibilita la contemplación, reemplaza a la naturaleza y sus implicaciones estimulan de nuevas formas al artista y al poeta, quienes, fascinados por la multitud y el ruido, se entregan en solitario a ellos. Los medios de transporte, las fábricas, la cantidad de cosas nuevas que ver inciden en la percepción de los habitantes de las nuevas grandes ciudades y, de esta manera, a medida que el tiempo pasa, se construye una realidad que se caracteriza por una visualidad rica, así como por la presencia de una masa que también forma parte de ella.

Suburban concourse with ramp,Grand Central Terminal (1912)
Suburban concourse with ramp, Grand Central Terminal (1912)

En este contexto aparece la figura del flâneur. El poeta romántico, que dedica su tarea a la expresión de la interioridad y propone con sus versos un retorno a la naturaleza, es relevado por el poeta paseante, aquel que, como Baudelaire o Poe, recorre los bulevares y pasajes de su gran ciudad y encuentra inspiración y belleza precisamente en el caos y novedad de la ciudad. A gusto entre la multitud de la cual hace parte aunque se encuentre completamente solo en medio de ella, el poeta se convierte en una suerte de “documentador” de la experiencia cotidiana en las grandes urbes, en un testigo de los efectos de los numerosos cambios que sus habitantes experimentan, así como de las consecuencias de las nuevas estructuras laborales.

En efecto, la producción poética del flâneur, figura de la cual Baudelaire es el principal representante, pretende dar testimonio de la historia. Su capacidad de observación y el constante ejercicio de la misma, de cierta forma, lo sensibilizan ante el mundo que recorre. Así, plasma en sus versos la condición humana, los diversos personajes que se reconocen entre las multitudes de las calles parisinas, el transcurso y movimiento cotidianos de la ciudad. Walter Benjamin (1972: 55) manifiesta: “‘El observador’, dice Baudelaire, ‘es un príncipe que disfruta por doquier de su incógnito’. Y si el ‘flâneur’ llega de este modo a ser un detective a su pesar, se trata, sin embargo, de algo que socialmente le pega muy bien. Legitima su paseo ocioso. Su indolencia es solamente aparente. Tras ella se oculta una vigilancia que no pierde de vista al malhechor”.

La poesía del desencanto

De esta manera, la poesía se convierte en una ventana, por un lado, hacia el embeleso que el poeta siente en un primer momento por la ciudad y sus recovecos y, por otro, hacia las nuevas perspectivas en cuanto a una sociedad cuya dinámica cotidiana es dominada por los contextos político y económico, así como vigilada y controlada por las instituciones del capitalismo y la época industrial.

Poco a poco, el poeta se decepciona de la realidad en la que está inmerso al enfrentarse a un panorama regido por el control, la estandarización, el replanteamiento de las instituciones y las nuevas estructuras laborales. Y es que, más allá del pintoresco mundo que ofrece el pasaje, fascinante a los ojos del poeta y el artista, prevalece el control ejercido por las instituciones y los Estados sobre el proletariado, lo cual, paulatinamente, genera un malestar social que termina en un desencantamiento de la promesa de progreso y futuro que es la modernidad.

baudelaire-alan-poe-AtherStudioIzq: Charles Baudelaire – Der: Allan Poe

Si bien durante la modernidad, la poesía puede ser considerada un testimonio histórico –y no en vano, pues da cuenta de la realidad, de las transformaciones arquitectónicas del paisaje urbano, de los nuevos fenómenos sociales y de la importancia que adquiere la visualidad durante la época–, también deja constancia del tedio, el desencantamiento, el desasosiego que la nueva sociedad capitalista implica. El siglo XX inicia, de este modo, con un malestar generalizado que se ve reforzado por ambos enfrentamientos mundiales y el avance del capitalismo. Y la producción poética y de pensamiento de este tiempo lo evidencia.

La angustia aparece como problema filosófico y la poesía plantea o, mejor dicho, pone en evidencia sus alcances. La incertidumbre por un futuro que ya no se adivina seguro, la reflexión en torno a la libertad y las responsabilidades que exige, los sentimientos de desamparo y soledad aparecen reiteradamente en la producción poética y filosófica del siglo XX. Pessoa (2002: 211) escribe, por ejemplo:

¡Cuántas veces, no obstante, en medio de esta insatisfacción sosegada, no me sube poco a poco a la emoción consciente el sentimientos del vacío y del tedio de pensar así! ¡Cuántas veces no me siento, como quien oye hablar a través de sonidos que se interrumpen y se reanudan, la amargura esencial de esta vida extraña a la vida humana –vida en que nada pasa salvo en la conciencia de ella misma! ¡Cuántas veces, despertando de mí, no entreveo, del exilio que soy, cuánto mejor sería ser el nadie que todos son, la persona feliz que al menos tiene la amargura real, el ser contento que siente cansancio en vez de tedio, que sufre en vez de suponer que sufre, que se mata en vez de morirse!

Tras esta incomodidad, operan los nuevos modos de producción, una sociedad que ya no solo controla sino que también disciplina y que, además, se concentra en la mercancía y el consumo. Y si bien, la figura del poeta se va disipando, estos hechos no dejan de hacerse notar en la literatura que, durante la posmodernidad, presenta al anti-héroe como protagonista; incluye elementos de otras disciplinas, sobre todo de aquellas relacionadas con la visualidad, y se construye a partir de elementos ligados al consumo.

Cyberpoetas

En efecto, a las puertas del siglo XXI, un evento tecnológico interviene con fuerza en el ámbito literario y artístico y, así como la imprenta, el ferrocarril y la industria en la modernidad, la Internet reemplaza o potencia las tendencias que, hasta el momento, el acto creativo perseguía. Las posibilidades ilimitadas que esta ofrece cuestionan no solo la manera en qué se construyen los relatos o imágenes, sino también las modificaciones que implican en la creación y recepción de la obra. El debate gira, de esta manera, en torno al rol y funciones que la obra, el autor y el lector o receptor desempeñan, así como en las relaciones que se establecen entre ellos en la era digital.

El “cyberpoeta”, así como el flâneur moderno, recorre los intersticios de una ciudad –si se quiere– que esta vez se presenta ilimitada, paralela, todavía inexplorada, que lo condena, como la ciudad moderna condenó a Baudelaire, a ser un paseante anónimo que lo soporta en soledad. Distraído en la ilusión de la compañía virtual, de las relaciones colaborativas en el arte, de tener la totalidad del mundo al alcance, también pone en evidencia su contexto: una sociedad que es cuestionada por presentarse fragmentada, sobreestimulante, hiperconectada, solitaria y, siempre, vigilada y controlada. Sin embargo, este testimonio ya no pertenece necesariamente a lo que se dice, sino a cómo se dice. El verso obedece a las características de su contexto, pero la forma en la que se construye lo denuncia.

La nostalgia, entonces, resulta del malestar de nuestro tiempo. Y, aunque todavía mediada por los dispositivos y redes digitales, deja ver también las manifestaciones literarias y artísticas que provoca. De esta manera, el arte, la literatura, más allá de evidenciar una realidad social, una ideología o un suceso, sigue siendo espejo de la naturaleza humana, por la que logramos adaptarnos a los cambios que el progreso sigue trayendo consigo.

Fuentes

– Benjamin, W. (1972). Iluminaciones II. Baudelaire, un poeta en el esplendor del capitalismo. Madrid: Taurus.
– Pessoa, F. (2002). Libro del desasosiego. Barcelona: Acantilado.

 

Por Natalia Monard

 

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